Entre los discípulos surgió una disputa sobre quién sería el mayor entre ellos. Jesús intervino, diciendo: "El mayor entre vosotros [sea] como el más joven, y el que dirige, como el que sirve" (Lc 22.26). Más tarde, les reveló una sorprendente verdad: todos ellos le abandonarían esa misma noche.
Pero Pedro negó categóricamente esa posibilidad, diciendo: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré" (Mt 26.33). Nadie parecía estar consciente del vertiginoso desarrollo de lo que estaba teniendo lugar. A medida que avanzaba la tarde, los discípulos escuchaban al Señor mientras éste les decía que sería traicionado, pero su mensaje no les llegó al corazón. No podían concebir que sucediera tal cosas. Con la muerte y el dolor acercándose rápidamente, los discípulos se durmieron, sin haber aprendido la lección más importante para ganar cualquier batalla. ¿Cuál lección? Que hay que velar y orar.
La mayoría de nosotros nos hemos encontrado, alguna vez, en situaciones en las que sabíamos que algo estaba a punto de cambiar. Podíamos sentirlo. Puede que hayamos sido prevenidos con anticipación; es posible incluso que alguien nos haya dicho con antelación qué iba a suceder, pero no estuvimos dispuestos a aceptar ninguna otra posibilidad.
Nos negamos a escuchar, porque estábamos enfrascados en nuestras necesidades, y en nuestros deseos, sueños y pasiones. En vez de hacer caso a la advertencia y prepararnos para lo que iba a venir, decidimos ignorar el mensaje. Fuimos negligentes. Entonces, sólo después de que nos golpeó la adversidad, nos dimos cuenta de que habíamos perdido una oportunidad de confiar en Dios.
Al término de la cena pascual, Jesús llevó a sus discípulos del aposento alto a un lugar de aislamiento y oración. Les pidió que se mantuvieran alertas y vigilantes, pero no hicieron ni una cosa ni la otra. Jesús escogió a tres hombres —Pedro, Jacobo y Juan— con los cuales tenía una relación particularmente estrecha, para que fueran a un lugar de íntima oración, que estaba aun más cerca del corazón de Dios. Estaba literalmente a pocos pasos de distancia de donde Él había hecho su oración de entrega personal.
Llegará un momento en el que Dios nos llamará a orar, y entonces deberemos obrar de acuerdo con lo que hemos aprendido de Él. Pero si no hemos pasado tiempo con el Señor, no sabremos cómo permanecer firmes en nuestra fe. También nos faltarán el discernimiento y la sabiduría clave para tomar buenas decisiones. Cuando vengamos al lugar de la oración, el lugar donde Jesús llevó a esos hombres aquella noche, debemos estar completamente concentrados en su santidad, tanto así que el estar en su presencia infinita nos haga ponernos de rodillas. Jesús se humilló a sí mismo delante del Padre, y aquellos hombres tuvieron la oportunidad de ser testigos de cómo oró Él, aunque no lo hicieron.
¿Qué problema tan grande hay en su vida, que usted no es capaz de manejar? Para Dios, nada es demasiado grande. ¿Quisiera usted "velar y orar" con Él, para conocer su voluntad y su plan perfecto?







